"comprehendere scire est"

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Consejo Nacional para el Entendimiento Público de la Ciencia.

abismo


José Luis Ramírez escritor de Ciencia Ficción. Editor de la Revista FRACTAL.

Cielo

Je suis éte et le ciel, Je suis éte.


Era cierto, él había estado en el cielo, ella no podía negarlo,
no podía permanecer incrédula ante esa mirada, ante ese miedo que su amado
tenía tatuado en el rostro, la veracidad que se descolgaba por sus mejillas,
transparente, triste, trivial; no hubo nada más, él ya estaba muerto.

Ella lo sabía, ya se lo había dicho el ECG, conectado a su alma
a través de la pinza blanca que todavía está en el anular izquierdo, conectado
el otro extremo a la consola, al silicio gris que define los límites del
microprocesador, flat line, es el término apropiado, no hay nada más en
pantalla.

¿Qué más podía haber?, los íconos de tres o cuatro programas minimizados,
el blanqueador de pantalla latente, el cursor implacable, repetitivo como
el chillido de un grillo, como la necesidad de gritar mil majaderías, de
voltear al cielo y buscar a alguien, alguien que no está.

Sintió la necesidad de...de cualquier cosa, no quería aceptar lo
que era obvio, que ese alguien no existía, que solo era un pretexto de
su inconsciente para culparlo de las cosas que pasan, cosas que se vuelve
repetitivas, inaceptables, sintió el deseo casi compulsivo de morir.

Morir. Así, como él, seguro de haber estado en el cielo, enredado
entre los brazos de un ángel que no quiere dejar de abrazarlo, es una imagen
demasiado bella, demasidado tentadora para ignorarla, para no embelesarse
con la sola idea de que sea cierta, lo era.



Amor

Je te aime, beaucup.


Lo dijo así, con el corazón en la mano, acariciandolo muy lentamente
a través de su pecho, un pecho suave, firme, bien formado, un pecho en
el que su amado se hubiera asfixiado sin resistirse siquiera, él que estaba
acostumbrado a besarlo, él que está tirado a un lado, aún frente a la consola.


Sin pensarlo siquiera, ella tomó la mano que tantas veces la había
acariciado y le arrebató la pinza, la que tenía el anular con fibra de
carbono blanca, la conectó en su propia mano, donde debía estar, la consola
se adaptó de inmediato, la pantalla dibujó el nuevo Electro.

Estaba harta de hacer estupideces, lo supo cuando vió la cresta
que representaba sus latidos, la misma que se repetía cada tres cuartos
de segundo, la que estaba acompañada de una serie de alfanuméricos que
indicaban su condición, estaba excitada, tenía que escoger.

Luchar contra lo inevitable, o tal vez, dejarse llevar, dejar que
la marejada de información defase un cerebro indefenso, harto de soñar
que él está soñando con ella, que sólo duerme, que quiere navegar "acote"
en tandem, dándole un significado a su vida, aunque la realidad, sea otra.


Sin estar a su lado. La vida no puede significar nada, no es sino
un montón de bytes desordenados, pixeles que se trazan sin dirección, coordinados
por ecuaciones caóticas, por geometrías fractales, sentimientos que terminaran
por decir un te amo que él, ya no puede escuchar.



Ruido

Le bruit du tu éloignement fais mua pleurer.


Llorando, no puede estar haciendo otra cosa, la consola ya está
desconectada, ella está triste, su amado sigue ahí, en el suelo, aferrado
a ese punto inexistente en el cielo, ella no ha querido cerrarle los ojos,
no quiere que dejen de verla, aunque la mirada que tienen, sólo la entristece
más.

Supo que sería así, que él se marchitaría sin que ella pudiera hacer
nada por evitarlo, que las pupilas dilatadas ya no se debían al efecto
de las anfetas, que su corazón había dejado de latir, también el de ella,
ya lo único que se movía en la habitación era el cable conectado a la consola.


Pero, ¿qué se le va a hacer?, quizá volver a conectarse, buscar
otra sobredosis de información, intentar perderse entre la retícula de
neón anaranjado, la que se dibuja en el monitor de la denmark cray, llorar
la muerte de alguien que todavía sigue a su lado.

Trato de olvidarlo, de ignorar esa presencia tan extraña de alguien
que en realidad no está ahí, alguien que no puede ser olvidado, que sigue
mirándola sin verla, que tal vez sigue deseando estar a su lado, acariciarla,
besarla, desatar el complicado nudo en el que se esconde su escote.

Es así como terminan las historias de amor. Uno quiere cosas que
no pasan, quiere caricias, quiere besos, romper el silencio que se forma
antes de hacer el amor, hacer un ruido insistente que rebase las paredes,
es una lástima que no sea como ella quiere, que ya no sea, como solía ser.




Tiempo

Je se que en te oblie pas quoique le temps passe.


¿De que otra forma?, podía decirlo de otra forma, estaba segura,
habría alguna que él entendería, aún estando donde estaba, en ese cielo
del que se habían prendado sus pupilas, ese cielo del que sólo regresaría
un instante, para decirle que había estado ahí.

No podía ser de otro modo, después se iría y ya no volvería más,
se quedaría ahí, mirándola desde un sitio que ella misma no entendía, un
sitio más allá de la bóveda ennegrecida que la rodea, de las estrellas
que no se ven y que aún asi, controlan su destino.

La suerte ya estaba echada, ella tenía que perder, perder lo que
más quería, a él, él que no supo quererla, él que llegó más allá que cualquiera
en la red, llegó al cielo, alcanzó la cúspide que todo surfer busca, el
punto en el que la información, sólo puede controlarse en rush.

Era obvio, no podría, tenía que ceder, en algo, cualquier cosa,
y lo hizo, cedió en su punto flaco, él mismo, no tenía ya nada que perder,
sólo a ella, desconectó un segundo, lo dudó, soy un hacker, le dijo, mi
vida está en el ciberespacio, todo excepto tú es virtual, a veces, hasta
tú lo eres.

Un final triste. Como estaba obligado, ella quiso acordarse y ya
no pudo, ya no pudo recordar que ni siquiera entendió lo que él confesaba,
por qué lo hacía, lo entendió después, pasado un minuto, cuando él le decía
Je suis éte, y el ECG decía que ya no había tiempo, que se iría, pero sin
ella.



Abismo

Je tomberai au abime sans laisser de aimez tua.


Si ya no la amaba, entonces, podría olvidarlo, pero el problema
era que no había dejado de amarlo, que seguía recordándolo, que seguía
viendo esa chispa de adrenalina que no había visto en los ojos de nadie
más, ese brillo que no desaparecía sino detrás del casco de vr.

¿Por qué lo seguía recordando?, ella odiaba que él estuviera conectado,
eso implicaba menos escarceos, menos tiempo para ella, ella que quería
sentirse amada, enredarse en ese cuerpo que pasado el orgasmo, se quedaba
dormido entre sus brazos, el mismo que ya no podía hacerle el amor.

No había nada que pudiera cambiar, él estaba muerto, ella también,
le había jurado amor eterno y no iba a romper su promesa sólo porque él
ya no podía corresponderla, sólo porque el cielo se había interpuesto entre
ellos, ellos que eran criaturas del suelo, no lo olvidaría.

Moriría tratando, pero consciente de que no puede ni lo quiere hacer, no quiere olvidarlo, no quiere dejar de quererlo, de amarlo, como tampoco quiso que las cosas terminaran así, sin que ella las entendiera, sin que él estuviera a su lado, ya no puede desahogarse de otro modo.

Ella llora. Llora porque no hay otra cosa que pueda hacer para recordarlo, ver sus manos enfundadas en el guante de datos, en el pasado, moviéndose en el no espacio, en el neón anaranjado, yendo más lejos, queriendo regalarle a ella, su amada, el abismo que está más allá del cielo.


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Aleph-Zero No. 2


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2 enero - febrero 1996 .

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Debraye con un cyberpunk. una charla de cuates con josé luis ramírez, editor de fractal .

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